No es no

‘No’. Es una de las primeras palabras que aprendemos. Es curioso que hay personas que presumen de un vocabulario muy rico y que les cuesta entender lo más básico. Esto es lo que pensé cuando descubrí que había clases de consentimiento en algunos campus universitarios en mi país.  No solo se trata de entender el significado de un  ‘no’. También hay que entender que si alguien no está en un estado como para consentir, es decir, si está borracho, drogado o dormido, también cuenta como un ‘no’.

Todo esto puede parecer obvio para la mayoría, pero por desgracia soy de la opinión de que tales clases son muy necesarias para todo el mundo.

Cuando leí sobre esto, me hizo pensar en un amigo que había considerado que era muy inteligente. Presumía de varios títulos, idiomas, éxito profesional y personal. Era espabilado y muy divertido. También conocía a su mujer y a sus hijas adolescentes. Sin embargo, una noche hace un par de años, descubrí que a pesar de sus múltiples diplomas, en el fondo, era un estúpido.

Era verano y me había invitado a pasar el dia en su casa del campo.  La idea de pasar el día en la naturaleza, lejos del estrés de la ciudad me sedujo. Ya había ido muchas veces y siempre volvía a Barcelona renovada después. Sin embargo, esta vez fue diferente.

Cuando bajé del tren, me recogió como siempre, pero cuando llegamos a su casa, descubrí que su mujer e hijas no estaban y que habían ido a ido a pasar el finde con los abuelos en otro pueblo. Me resultó curioso no mencionar que solo seríamos los dos antes…

A pesar de esto, pasamos un dia maravilloso de senderismo, playa, y comida increíble. En varias ocasiones, me dijo: ‘qué buena estás’. Me incomodó, pero actué como si no lo hubiera escuchado… Procuré borrarlo de mi mente y intentaba cambiar de tema.

Pese a estos momentos fugaces de incomodidad, la verdadera decepción ocurrió cuando yo tenía que haber estado de vuelta a Barcelona. Después de la cena, me acompañó a la estación, pero perdí el último tren por cuestión de segundos.

‘¡Mierda!’ exclamé al ver mi tren desaparecer en la distancia. ‘Puedes quedarte la noche y volver mañana’, mi amigo me dijo.

Volvimos a su casa y cuando me ofreció una copa de ron, acepté. Pusimos música, bailamos y yo era la DJ y lo pasamos genial. Después de un par de horas, me encontraba cansada y me moría de ganas de dormir. Fui a las literas de sus hijas y me tumbé. Fue entonces cuando me di cuenta de que había bebido demasiado porque la sala daba vueltas. Pero lo que más me mareó fue que mi amigo me había seguido a la habitación. Fruncí el ceño, confundida, a punto de preguntarle qué hacía ahí, pero la próxima cosa que recuerdo es que de repente estaba encima de mí en la cama.

‘No’, le dije, mientras procuraba manosearme.

‘No,’ repetí, intentado empujarlo. Hubo un delay entre mi mente y las acciones de mi cuerpo por culpa del alcohol y me sentí indefensa. Pero de repente, encontré la fuerza y le empujé.

‘No’, repetí mucho más fuerte.

‘Ouuu’ chilló, después de golpear su cabeza en la escalera de las literas. No pensé en pedir perdón, era él que había abusado de mí. Se fue rápido hacia al baño para atender a su golpe, me imaginaba.

Mientras tanto, apague la luz y volví a la cama en shock, sin saber si llevaba más peligro estando ahí en su casa o en las calles de un pueblo que desconocía de noche y sola. Mi corazón iba a mil por hora, hasta que me di cuenta de que había ido a su cuarto para dormir por fin.

Al día siguiente me desperté por el ruido de él en la cocina. Abrí los ojos, confusa, en una cama extraña recordándome cómo había llegando ahí. Tenía la boca seca, un dolor de cabeza pero el malestar que sentía no se podía quitar con agua y paracetamol. Deseaba apretar el botón ‘rewind’, pero no había manera.

Busqué el horario del tren por internet y le dije que me iba. Esta vez no lo iba a perder. Intentaba actuar como normal, pero me fue imposible mirarlo a los ojos. Me despedí de él con dos besos al aire, sin mirar atrás, llena de frustración, decepción, y asco. Más de una década de amistad a la basura por culpa de un calentón

Volvió a invitarme a pasar el fin de semana en su pueblo en varias ocasiones, hasta que entendió que no le iba a contestar nunca. A veces no hace falta decir que ‘no’, porque la falta de un ‘sí’ debería ser suficiente.  

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